Recuerdo muy bien esa noche. Sé que la recordaré siempre. Es uno de esos momentos que vuelvo a vivir como si fuera mi película favorita. Ninguna otra se le acerca siquiera. Esta película es única e irrepetible. La detengo, la adelanto, la retrocedo y la veo las veces que yo quiera. Los octubres siguen quedando atrás y la película se añeja como un buen vino.
Es que después de tantas noches de dormir sin soñar, esa noche me despertó un beso prohibido. Si hubiese querido, me habría sentido como la bella durmiente. Pero los cuentos de hadas ya habían empezado a quedar atrás, enterrados por los años y el dolor cotidiano de sentir la distancia cada vez mayor que separaba a quienes dormíamos en una misma cama.
Esa fue la noche en que se rompió el vaso. Y por más que me ayudaron a juntar los pedazos, entre lágrimas y la sangre que brotaba de la palma de mi mano, vi lo que muchos se niegan a reconocer: una vez que el vaso se rompe, por más que uno lo pegue, nada, absolutamente nada, vuelve a ser lo mismo.
Hoy, sonrío mientras miro las líneas de mi mano izquierda. La cicatriz, cada vez más pequeña, me lleva a ese pasado imperfecto, a la noche en que me desperté. Supongo que podría haber simulado que volvía a dormirme, pero elegí no hacerlo. Elegí despertar. Y lo celebro.
Esa noche tal vez hubo estrellas. Nunca lo voy a saber.


